El club de la alta literatura

A raíz de la muerte de Carlos Ruíz Zafón, Carlos Mayoral escribió un tuit en el que mencionaba que había sido un autor maltratado por la llamada alta literatura. Y eso, junto a lo luctuoso de la noticia y el dolor que a mí, como a muchos otros, nos provocó la noticia, me hizo pensar un poco. Porque hablamos de que la alta literatura ha maltratado a un señor que ha hecho más por la cultura de este país que todos los ministros, políticos, periodistas y personajetes varios a los que todos estos que hablan de élite corren a abrazarse en cuanto hay una cámara por delante.

A ver, y para un tipo medio como un servidor, que está medianamente leído y en cuya biblioteca conviven poco más de mil autores, ¿qué es exactamente esa alta literatura? Porque lo mismo estoy haciendo algo mal y estoy mezclando a chusmilla con la alta aristocracia. Que uno se empieza a temer lo peor y lo mismo mi El Viejo y el mar de Hemingway, por influencia del Goldberg que tiene como vecino al otro lado, se me rebela y le monta un Señor de las moscas a mi Jeeves de Wodehouse, sin que tenga yo seguro para hogueras en la biblioteca.

Así que con honda preocupación he explorado en la docta opinión de autores, escritores, editores y críticos. No ha sido un repaso a fondo, entiéndaseme bien. No quiero molestar, que uno sabe bien cuál es su lugar y no es cuestión de manchar la vajilla de porcelana. Se ha tratado sólo de una pequeña revisión, una opinión aquí, otra allá y, así, burla burlando he comprendido una cosa: o no se ponen de acuerdo ni ellos o un servidor es todavía más tonto de lo que piensa. No he descartado del todo la segunda opción, pero por prudencia (y porque intento creer que mi imbecilidad tiene un límite y que llevar treinta y pico años leyendo me da cierto criterio) he ahondado en la primera. Así, a vuelapluma, he leído expresiones como perdurabilidad, intentar trascender, examinar al ser humano; pero, sobre todo, que la literatura de géneros (detectivesco, ciencia ficción, fantasía, erótica, humor, terror y cualquier otro que a usted se le pase por la mente), ya no puede serlo.

O sea, para que yo me vaya enterando, la trilogía de Fundación de Asimov, no es buena literatura porque es ciencia ficción. No basta con que fuera archipremiada en su día y que incluso hoy siga siendo un referente para muchísimos lectores. No entra en el club. Ale, Isaac, que sí, que eres un tío majo, pero aquí no entras. Si acaso por la puerta de servicio. Y ya que estás me bruñes las armaduras del abuelo, que no veo mi excelso reflejo. Que sí, que exploras la circularidad de la historia humana, la previsibilidad de nuestro comportamiento como rebaño, la importancia de la ciencia, de la cultura y estableces un debate entre sociedad e individuo; pero aun así. Me coges el trapo y a darle duro al latón. Y ojito, les dices a los Bradbury, Verne, Heinlein, Capek y H.G. Wells que nos despejen la entrada, que no queda bonito tener mendigos en la puerta.

¿Y Tolkien? Hombre, Tolkien no es lo mismo. Es británico, bueno, sudafricano, pero da el pego, y las andanzas de Aragorn, Gandalf o Frodo en El Señor de los Anillos no tienen pinta de estar soportando mal el paso del tiempo. Ya, pero es fantasía, ¿sabes? Y por muy catedrático de Literatura medieval de Oxford que seas, sigue siendo Fantasía. Y lo mismo va por los Lovecraft, Stoker o Howard. Lo vuestro no-es-realidad, ¿cómo hemos de decirlo? Que no lo es, así que desfilando, que nos ensuciáis la alfombra.

Pero al menos Conan Doyle sí podrá entrar. Sus relatos de Sherlock Holmes son una magnífica radiografía de la sociedad victoriana… Vamos a ver, muchachote, ¿tú ves por aquí a Hammett, a Chandler? Si no hemos dejado a Agatha Christie, que con lo de la paridad quería colársenos, ¿de verdad vamos a hacerlo con alguien que se entretiene jugando a los detectives? ¿Sabes lo que son esa gente? Unos sucios. Con sus cadáveres, sus muertos y su sangre te lo dejan todo perdido. Un poquito de seriedad, hombre, que aquí no admitimos a cualquiera.

Y es posible que tengan razón. Los géneros son literatura pero poquito, murmuran con cierto desdén. Buena para el vulgo, pero poco más. Claro que, si somos un poquitín exigentes, que los tontos también sabemos serlo, quizás habría que entrar en ese club y hacer limpia, porque, y que yo me entere, Julito Cortázar, que sí, que muy influyente y lo que tú quieras, pero, ¿este cachondeo de Rayuela qué es lo que es? Y ya ni hablemos de tus cuentos metafóricos/fantásticos. Ea, fuera. Y lo mismo sea con Borges. ¿Acaso El hombre de la esquina rosada, considerado por muchos el mejor cuento literario de la historia, no es una intriga detectivesca? Pues si es detectivesca, a tu casa. Y da gracias a que no examinamos La Biblioteca de Babel porque entonces la liamos. Y tú tampoco te escapas, Vargas Llosa, que tu ¿Quién mató a Palomino Molero? es una novela de misterio clásica, que nos hemos dado cuenta. Y lo mismo va por el Realismo Mágico de García Márquez y su Cien años de soledad. Eso es fantasía. Y encima sudamericana. Así que te largas y, si insistes en quedarte, ya sabes tu lugar, que un colombiano en cocina siempre da lustre.

Y, claro, si seguimos la senda, podemos mirar atrás, podríamos montar un patio manchego con su Ama, su sobrina, su cura y su hoguera. Bécquer y sus Leyendas, Goethe y su Fausto, Shelley y su Frankenstein, todos ésos, a la pira. Y ya puestos, que alguien me explique si no hay fantasía en El sueño de una noche de verano. O en Macbeth y sus brujas. O en ese Hamlet que chorrea sangre por los cuatro costados, que parece un Sam Spade con golilla. Así que Shakespeare también al fuego. Y así, girando, girando, llegamos a Cervantes y su Don Quijote. Para empezar, se trataba de una parodia. Pa-ro-dia. Y de libros de caballería. ¿Habrá algo más encasillable que eso? Hombre, pero es que Cervantes… Ni-es-que-ni-es-ca. A las puñeteras llamas, como todos los demás, como esos Homero, Sófocles, Esquilo y demás ralea, que no sabían resolver nada sin un dios de por medio.

Porque es que eso es lo interesante de ese club de la alta literatura. Tienen sus principios, su propio criterio. ¿Cuál? Es inalcanzable, está escondido como el Aleph de Borges, en los mismos sótanos del club y sólo a la mano de unos privilegiados. Ellos deciden quién sí y quién no, permitiéndose cerrar las puertas que los demás, ingenuos y miserables, jamás podremos cruzar.

Y eso es lo que nos queda al resto. Pasear por la calle leyendo sobre seres altos o bajos, del pasado, del presente o del futuro, de pasiones humanas, de crímenes y castigos, de guerra y paz, ajustados a nuestros propios condicionantes: que nos hagan leer más, que nos permitan soñar mundos, sentimientos o sensaciones, que logren hacernos cambiar (la famosa catarsis aristotélica) y, sobre todo, que disfrutemos leyendo mientras ellos, con su adecuado desdén, nos observen desde su ventana junto a la chimenea, brandy en mano, en las noche de invierno.

Aunque eso sí, deberían tener cuidado. Algún día puede que les dé por mirar hacia atrás y entonces quizás comprendan que su biblioteca, como la de todos los fanáticos, está mucho más vacía de lo que les gustaría admitir.

Antonio Mejías Pastor