De principios y comienzos

En estos momentos en que pretendemos dar comienzo o principio, a esta nuestra aventura editorial, he recordado algunos de los comienzos, principios, arranques, o cómo se los quiera llamar, de algunos de los libros que han pasado por mis manos, y mi vista. Y aunque no todos ellos formen parte de los géneros específicos a los que queremos dedicar en cuerpo y alma nuestra editorial, sí entran dentro de la fantasía.

Todos ellos nos abren, de una u otra manera la puerta a mundos nuevos e inventados, a aventuras de toda índole, surgidas de la imaginación de sus autores y transformadas por nuestros deseos más locos de evasión,  diversión y conocimiento. En fin como dijo H.G. Wells: “Hay otros mundos, pero están en éste”. En el que comienza al girar la página y dar principio al Capítulo 1.

Empezaremos por dos clásicos que nos enseñan cómo un comienzo sencillo puede definir y marcar un personaje.

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.”

El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes Saavedra, (1605)

“Llamadme Ismael. Hace unos años —no importa exactamente cuánto—, teniendo poco o ningún dinero en mi bolsa y nada especial  que me interesara en tierra, pensé navegar un poco y ver la parte acuática del mundo.”

Moby-Dick; o La Ballena, Herman Melville, (1851)

Otros nos presentan apenas al personaje con poco más que su nombre y abren la puerta al mundo que nos espera detrás.

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava …”

Cien años de soledad, Gabriel García Márquez, (1967)

“En el siglo XVIII vivió en Francia uno de los hombres más geniales y abominables de una época en que no escasearon los hombres abominables y geniales. Aquí relataremos su historia. Se llamaba Jean-Baptiste Grenouille …”

El Perfume, Patrick Süskind, (1985)

Hay entradas directas y sencillas que, sin más, te llaman a entrar de cabeza (agachándote en este caso) en el mundo que te espera entre sus páginas.

“En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en que sentarse o que comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad.”

El Hobbit, J.R.R. Tolkien, (1937)

También tenemos esos principios que no lo son, pero que consiguen atraernos hacia la lectura como la gravedad nos une a la tierra. Forman parte del libro, pero no son el comienzo del Capítulo 1, a veces en una página en blanco antes incluso del índice:

“Tres Anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo.

Siete para los Señores Enanos en casas de piedra.

Nueve para los Hombres Mortales condenados a morir.

Uno para el Señor Oscuro, sobre el trono oscuro

en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.

Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos,

un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas

en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.

El Señor de los Anillos, J.R.R. Tolkien, (1954)

Otras veces es un preámbulo al principio del capítulo, que, en el caso de Dune, conforman otro libro en si mismos: el «Manual de Muad’Dib», por la Princesa Irulan.

“Es en el momento de empezar cuando hay que cuidar atentamente que los equilibrios queden establecidos de la manera más exacta. Y esto lo sabe bien cada hermana Bene Gesserit. Así, para emprender este estudio acerca de la vida de Muad’Dib, primero hay que situarlo exactamente en su tiempo: nacido en el 57º año del Emperador Padishah, Shaddam IV. Y hay que situar muy especialmente a Muad’Dib en su lugar: el planeta Arrakis.”

Dune, Frank Herbert, (1965)

Los hay que simplemente por arrancarnos una sonrisa nada más comenzar ya se quedan con nosotros para siempre, y nos llevan a seguir buscando más.

“Cuando sus piernas (bien torneadas y tal y cual) entraron en mi local de trabajo, yo ya llevaba varios años hecho un merluzo.

La aventura del tocador de señoras, Eduardo Mendoza, (2001)

“La cebolla tiene que estar finamente picada. Les sugiero ponerse un pequeño trozo de cebolla en la mollera con el fin de evitar el molesto lagrimeo que se produce cuando uno la está cortando. Lo malo de llorar cuando uno pica cebolla no es el simple hecho de llorar, sino que a veces uno empieza, como quien dice, se pica, y ya no puede parar.”

Como agua para chocolate, Laura Esquivel, (1989)

Por último quiero dejar éste que además de ser de mis favoritos, como todos los anteriores, lo encuentro especialmente apropiado para el caso que nos ocupa, la literatura en general.

“Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela: su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”

El Juego del Ángel, Carlos Ruiz Zafón, (2008)

Aquí viene como anillo al dedo aquello de “no están todos los que son, pero son todos los que están”. Muchos libros que me han apasionado y gustado no han tenido reflejo aquí, simplemente porque no tenían un comienzo llamativo, a mi entender. Cada uno de nosotros tiene sus preferidos, por muy diferentes motivos, estos son algunos de los míos. Si alguien quiere compartir los suyos está invitado.

Uno de los Cuatro

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2 comentarios
  1. Packoh!
    Packoh! Dice:

    Me ha gustado la idea de compartir comienzos. Apunto uno, aunque en realidad es una dedicatoria, la de Antoine de Sant-Exupéry en “El Principito”. Le dedica el libro a Leon Werth y pide perdón a los niños por haber dedicado ese libro a una persona mayor. Después expone una serie de excusas para justificar la dedicatoria. Al final rectifíca de la siguiente manera: “Todos los mayores han sido primero niños (pero pocos lo recuerdan). Corrijo, pues, mi dedicatoria: A LEON WERTH CUANDO ERA NIÑO”

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  2. Félix
    Félix Dice:

    ¡Buena idea lo de recordar ciertos inicios! Mi contribución:

    «Soy un hombre enfermo… Un hombre malo. No soy agradable. Creo que padezco del hígado. De todos modos, nada entiendo de mi enfermedad y no sé con certeza lo que me duele. No me cuido y jamás me he cuidado, aunque siento respeto por la medicina y los médicos. Además, soy extremadamente supersticioso, cuando menos lo bastante para respetar la medicina (tengo suficiente cultura para no ser supersticioso, pero lo soy). Sí, no quiero curarme por rabia. Esto, seguramente, ustedes no lo pueden entender. Pero yo sí lo entiendo.»

    Memorias del subsuelo, Dostoyevski

    Y dejo otra idea; por ejemplo, grandes descripciones de personajes… ; )

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